Jorge Eduardo Arellano

EL PRIMER intelectual representativo de León en juzgar la personalidad de Azarías H. Pallais (1884-1954) fue uno de sus discípulos en el Instituto Nacional de Occidente: Mariano Fiallos Gil (1907-1964). Exento de creencias religiosas, Fiallos Gil advirtió en septiembre de 1954, recién fallecido Pallais, que la figura de este ––bajo el peso de sus tres votos: pobreza, castidad y obediencia–– se debatía en conflictos y paradojas. “Amaba lo simple y lo mínimo como su Señor Jesucristo. Solo que nunca clamaba por su retorno, como el desesperado Rubén, para que pusiera su mano de luz sobre las fieras”. Y añadió:

Era tan cristiano e ingenuo, como el más humilde los pecadores con fe de carbonero. Pero detestaba las altas jerarquías de cualquier organización, pues su voto de mayor conflicto era el de la obediencia. Pensaba que todo jerarca es incapaz de comprender el dolor de la gente común, ya fuera una pobre prostituta o un saltimbanqui.

Prosiguió el futuro rector de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua: “Como buen francés, por parte de padre, tenía la finura razonadora y la claridad gala ––propició Fiallos Gil––; como buen español, por parte de madre, la pasión de lo místico, el arrebato y el exabrupto. Como Pascal, sabía que el corazón tiene razones que la razón no entiende”. Lector de este obituario, el expresidente tico radicado en Nicaragua, Teodoro Picado (1900-1960) afirmó en la semblanza pallasiana en ese artículo y en otros dos posteriores (sobre la música del verso y poeta de ojos abiertos, recogidos en León en compañía de Rubén (junio, 1958, pp. 55-61), Fiallos Gil rinde un verdadero culto. “Cuando nos daba clases de Literatura, nos leía El Quijote al modo como lo hubiera podido leer don Miguel de Cervantes, a quien adoraba; sobre todo la descripción de ese mundo bajo de venteros y conventillos; de la picardía, de los pequeños hermanos abandonados, ladronzuelos, juglares […] Todo ese mundo del Siglo de Oro, [La vida] del Buscón de don Francisco Quevedo y Villegas, de la Celestina […] Pallais nos recitaba en griego y latín, y en el antiguo castellano”. Y agregó:

El Padre Pallais nos daba también clase de Filosofía, lo cual era una paradoja. ¿Cómo es que un sacerdote pueda dar clases de Filosofía cuando su punto de referencia es la Fe y no la Razón? Y si ese cura es, además, poeta y Pallais por añadidura, ¿cómo podría imaginar su fantasía con el razonamiento ordenado y académico? Pero la filosofía de él era una prolongación de su poética y de sus cuentos o glosas, y bien valía la pena aquella institución […]

Sus recuerdos adolescentes de Flandes le quedaron imperecederos. Especialmente de Brujas, la ciudad de los canales, patria de telas y encajes de quietud y tiempo inmóvil. Esa ciudad era el sitio donde firmaba sus escritos […] Pero entre el ábside de Catedral y la torres barroca de la Recolección, vivía en su Brujas verdadero, dentro de una celda llena de libros y de santos, de ese olor típico que emana de la beatitud rodeado de discípulos y pedigüeños, en los miércoles inolvidables, que eran los días en que no andaba de parroquia en parroquia, de pueblo en pueblo, predicando con sus ademanes de largos brazos que suplían, enfatizaban, lo que quería decir de viva voz, porque siempre era bueno dejar algunas cosas sin decir.

En su reseña, Teodoro Picado resume la semblanza escrita por el preclaro leonés de pensamiento liberal y humanista beligerante que era Fiallos Gil. Así especificó que Pallais no pocas veces se indignaba, y había que oírlo en los sermones y discursos tronar como un [Girolamo] Savonarola [1452-1498]. Pero volvía de nuevo a su juglería, a contar cuentos por un vaso de bon vino; el bon vino que era la risa de sus discípulos, el alegre júbilo de este cura lleno de Cristo, naturalmente anarquista y protestador del orden.

Picado estimó que, hasta ese momento, dicha semblanza era insuperable. Y es cierto. “Limitada por el voto de castidad, su poesía tuvo que contenerse. Sus cabriolas quedaban enredadas en las mayúsculas primeras hechas con paciencia de siglos y celdas. Sus manos eran limpias y nunca supo la izquierda lo que hacía su derecha. Abominaba a los protestantes por su estúpida iconoclastia y su repugnancia por el arte. Aborrecía a los masones por sus tantos misterios, a los diputados por su palabrerío y a todo lo que parecía extraño o hipocresía. Eran esas características suyas bien delineadas.

Hasta hoy mucho se ha rescatado la producción escritural de Pallais y reconocida con amplitud su triple naturaleza de sacerdote, poeta y humanista. Pero en general es ignorado, especialmente por la juventud, al igual que otros dos altísimos creadores de la antigua Atenas de Centroamérica: Alfonso Cortés y Salomón de la Selva.

AZARÍAS H. PALLAIS: ALTÍSIMO POETA Y HUMANISTA CRISTIANO
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