Jorge Eduardo Arellano
POR LA tarde del domingo 9 de enero de 1966, en el Estadio Nacional, aconteció la mayor hazaña en la historia de nuestro futbol: haber derrotado al equipo argentino estudiantes de La Plata dos a una. Yo estuve presente, con mi hermano menor José Rafael Arellano Sandino (de 12 años), entre unos 12 mil espectadores, cantidad algo insólita en los juegos de futbol, pues solo la Liga Profesional de Beisbol, a partir de 1956, atraía a tanta fanaticada.
Entonces Estudiantes de La Plata recorrían triunfalmente varios países latinoamericanos, tras haber obtenido la Copa Libertadores (o sea: el campeonato en Sudamérica) e inmediatamente sería Campeón Intercontinental al vencer uno a cero al inglés Manchester United, campeón de Europa. Lo conformaban dos porteros Juan Alberto Oleynicky y Poletti, Carlos Bilardo, Pachamé, Verón (La Bruja), Conigliario, Santiago, Barale, Manero y Echecopar (autor del único gol de los rioplatenses). Bilardo sería el director técnico de la Selección Argentina, campeona en el Mundial de Futbol en México (1986); Pachamé tendría la misma responsabilidad en la Selección Argentina Sub 21, ganadora también del campeonato mundial; y Verón llegaría a integrar la selección nacional de su país como alero izquierdo.
Los detalles de ese glorioso juego se localizan en la crónica de La Prensa (martes, 11 de enero del 66), redactada por Eugenio Leyton; y en el testimonio de uno de sus protagonistas: el español y sacerdote jesuita Juan B. Arríen (con 35 años a tuto), gestor con Manuel Otaño s. j., de la Corporación Deportiva UCA. Arríen lo insertó en sus memorias.
El Director Técnico de la Selección Nacional era Santiago Berini, argentino. A él y al locutor, también argentino, Hugo Manuel Riesgo, se debió que estudiantes de La Plata decidieran pasar por Nicaragua y enfrentarse a nuestra selección. Esta constaba de los mejores futbolistas de la época: los porteros Salvador Dubois y Róger Mayorga; los defensores Chocorrón Buitrago y Cuchumbal en el centro y en las alas a Gilberto Mendoza y a Tapia; en el medio campo a Peche Jirón, Hugo Huete (de quien recuerdo sus jugadas sobresalientes) y Camarón Gutiérrez; delanteros como Chava [Salvador] Dávila y Luis Goyén, apoyados por Eduardo Morales, Chiqui Calvo, Mario Orellana y Juan B. Arríen. “Con los cambios estratégicos correspondientes ––evocó Arríen––, completábamos ese equipo extraordinario”. Y añade que nuestros seleccionados se concentraron en la víspera del juego durmiendo en los bajos del Estadio Nacional, acondicionado para tal ocasión; y que sus compañeros jugadores le pidieron que por la mañana celebrara una misa, “a fin de invocar el favor de Dios y poner el destino del partido y de la Selección en sus manos”.
A las 3:30 p. m. se inició el desile público encabezado por la Banda de la Guardia Nacional, seguido por los miembros de la Comisión Nacional de Deportes y de la Federacion Nacional de Futbol, del famoso equipo visitante, acompañado de sus madrinas y cerraba la marcha el seleccionado local, tambien con sus madrinas. El licenciado Hernán Aróstegui hizo el saque de honor, en representación del Presidente de la República doctor René Schick Gutiérrez, y a continuación se ejecutaron los himnos de Nicaragua y de Argentina. Tres fueron los jueces del partido: en primer lugar, José Urtecho, con Juan Mercado y Rodolfo Navarro.
Leyton, cronista deportivo de La Prensa, narra que nuestro equipo comenzó un poco nervioso, pero el portero Dubois con cuatro oportunas intervenciones, despejando con sus puños balonazos disparados por la delantera argentina, le imprimió un poco de confianza. La tripleta defnsiva comenzó a cerrar el cerco, y así Chocorrón Buitrago, Tapia y Gilberto Mendoza, con Hugo Huete y Peché Jirón en los volantes, neutralizaron las avanzadas del Estudiantes de La Plata. Y agrega:
El gol de Goyén, y qué golazo
Poletti, el arquero argentino, sacó con sus puños y tiró un tirpo por alto de Mario Orellana, y embolzó otro violento de Chiqui Calvo. Los nicas hilvanaron preciosa entrada: Peché Jirón despojó del balón a Bilardi, y sirvió a Orellana que se metió en la defensa enemiga, para retrasar a Chiqui Calvo, a Camarón Gutiérrez que, burlando a Manero, puso el balón en los pies de Luis Goyén, que lo hundió hasta la red del marco argentino. Fue el primer gol de Nicaragua y ¡qué golazo!, con todas las de ley.
Juego agresivo, violento
Los argentinos comenzaron a mostrar un juego agresivo, violento, al extremo que el juez Urtecho tuvo que emplearse a fondo para pararlo. Deslució en momentos por ese motivo. Entraban al cuerpo y no al balón, lo que el público reprobó. Sin embargo, el coraje, el corazón bien puesto de los nicas, contrarrestó esa táctica que tenía el fin de atemorizar a los nuestros.
Brutal carga contra Goyén
Luis Goyén, que se había convertido en un dolor de cabeza para el arquero Poletti, fue al minuto 40, cargado en forma brutal por este, tirándole al suelo violentamente, al extremo que tuvo que ser sacado el nicaragüense del campo de juego. Fue una carga innoble, innecesaria, puesto que Goyén estaba a tres metros y de espalda al portero. Fue con todos los agravantes y dentro del área penal. El juez decretó la máxima pena: ejecutada por Chava Dávila, tiró hacia la esquina superior derecha, conquistando el segundo gol para Nicaragua. En las tribunas hubo alegría de locura.
Echecopar con un precioso gol
Fue un minuto después ––a los 41––, que los argentinos hicieron su único gol. Santiago se escurrió por el extremo derecho y centró por alto para rematar Echecopar de cabeza.
Róger Mayorga: un gran portero
Berrini hizo algunos cambios. Entró el Padre Arríen que imprimió confianza y serenidad al equipo, Róger Mayorga y Eduardo Morales, el primero en la puerta y el segundo de alero derecho. Mayorga fue un factor decisivo detuvo todo lo que le enviaron los delanteros argentinos. Un violento disparo de Verón fue magistralmente detenido y luego se arrojó a los pies de Bilardo, arrebarándole el cuero.
Debieron ser tres goles
El Padre Arríen recogió un centro de Morales y lo envió de cabezado, pasando el balón a milímetros del larguero, a los dos minutos de la segunda etapa. A los 26 minutos, Huete sirvió a Chava Dávila que barrió a López, y luego a Barale, para meter entre las defensas el cuero a Chiqui Calvo que halló al arquero Oleynicky, quien había sustituido a Poletti, dejándolo en el suelo. Calvo tiró colocadito a la esquina, pero el balón nunca terminó de entrar, llegando desesperadamente Manero y despejando el peligro.
¡Viva Nicaragua!
Los minutos pasaban con dominio alterno en el campo, y por fin llegó el final. Cuando el juez sonó su silbato dando finalizado el compromiso, un ¡Viva Nicaragua!, estruendoso salió del público que se tiraron al campo para levantar en hombros a los jugadores y al entrenador Berrini.
Coda
Los jugadores de Estudiantes de La Plata terminaron llorando y pidieron la revancha, lo que no era posible. Arríen concluyó que la gente los cargaron en hombros hasta la fuente donde se alzaba la estatua del General Somoza [García] montado a caballo. “Yo quedé con el cuerpo adolorido por los jalones que nos daban unos y otros”. La crónica de Eugenio Leyton se tituló: “Nicaragua Venció a Estudiantes de La Plata de Argentina: ¡viva Nicaragua!”.

