(Proemio a un repertorio bio-bibliográfico)
Jorge Eduardo Arellano
LOS EXTRANJEROS han contribuido al progreso de muchos países latinoamericanos. En Chile su presencia resultó notoria y fue registrada en libro antes de concluir el siglo XIX. En Costa Rica, Luis Felipe González les consagró una monografía en la segunda década del XX. Y es hasta ahora, en este repertorio con amplios datos bio-bibliográficos, cuando se detallan en Nicaragua sus legados.
En esta obra ––fruto de numerosos aportes precedentes–– se incluyen 150 extranjeros que dejaron impresos libros e interesantes folletos sobre Nicaragua. La mayoría de ellos visitaron el país y dieron cuenta de sus experiencias, tras retornar a sus patrias respectivas. Otros dedicaron a Nicaragua valiosas páginas sin haberla conocido in situ. Más de una docena se arraigaron en nuestra tierra y fallecieron en ella, aportando sus luces, entre otros: Juan José Zavala, Manuel Gross, Enrique Gottel, Fabio Carnevalini, Maximiliano Sonnestern, Dionisio Martínez Sanz y Joaquín Matilló Vila. Aunque exhaustivo, el Repertorio no abarca a todos los que debieran figurar en sus páginas; pero sí a los más importantes e imprescindibles. También se limita a quienes editaron sus producciones durante los siglos XIX y XX.
Tres autoras destacadas
Únicamente tres mujeres se destacan. La primera: Mrs. Henry Grant Foote, esposa del cónsul británico en Graytown, adonde arribó con su marido en 1852; y al cabo de año y medio, se trasladaron a El Salvador. La segunda: Emilia Serrano García de Tornel, publicista española que adoptó el nombre literario de Baronesa de Wilson para firmar sus obras y tres veces nos visitó: en 1882, 1892 y 1913. Y la tercera es una danesa: Majken Borring, enfermera al servicio en 1927 del Ejército Constitucionalista, cuya experiencia plasmó en el libro Upror I Nicaragua (1930), aún no traducido al español.
Autores sobre la Mosquitia
Si a partir del siglo XVI la colonización española incidió en la región del Pacífico de Nicaragua, la inglesa se impuso en el territorio de la Mosquitia desde el XVII a lo largo de 200 años. Abarcando partes caribeñas de Honduras y Nicaragua ––denominadas por los españoles Taguzgalpa y Tologalpa––, la Mosquitia fue objeto de una vasta bibliografía. Comerciantes y oficiales navales británicos, obispos moravos de nacionalidad alemana, geógrafos y estudiosos contemporáneos ––como el misionero capuchino Gregorio Smutko y el ecologista Bernard Nietschman, ambos estadounidenses–– disertaron sobre la expansión del colonialismo inglés y el establecimiento del gobierno indirecto en la región, sobre sus culturas originarias, vida cotidiana, etcétera.
Pues bien, algunos de estos autores concentrados en esa histórica región fueron Thomas Young, Orlando Roberts, Charles Napier Bell, compañero de juegos infantiles, entre 1845 y 1862, del futuro king George Augustus Frederick; Jacob Dunham, comerciante en Cabo Gracias a Dios de 1816 a 1817; Henry Dunn, quien relató la “hollywoodesca” coronación de un rey mosco en Belice el 23 de abril de 1825; James Wood, Edmund Blunt, Herman Gustav Schneider, Carl Alexander Müller; Eduard Conzemius, etnólogo luxemburgués cuya obra pionera sobre miskitus y sumus fue editada en 1931 por la Smithsonian Institution; Thomas Strangeways, Guido Grossman, Courtney Dekalb y Ricardo Beltrán Arróspide.
Escritores “canaleros”
Como es sabido, el proyecto del Canal por Nicaragua despertó mucho interés en varias potencias para ser construido: Inglaterra, Francia, Holanda y, especialmente, Estados Unidos. Tal interés generaría numerosas obras. He aquí los escritores “canaleros” aquí registrados: John Baily, primer centroamericanista y explorador de nuestra ruta interoceánica, Carlos Luis Napoleón Bonaparte, Alphonse Dumartray, Ephraim George Squier, Félix Belly, Aniceto G. Menocal, Robert E. Peary y William E. Simmons. Otros dos autores se obsesionaron por construir ferrocarriles transístmicos: el mismo Squier y Bedford Pim.
Cronistas de nuestra Ruta del Tránsito
El inicio en 1848 de la Fiebre del Oro (o Gold Rush) de California atrajo a miles de extranjeros que cruzaron la Ruta del Tránsito por Nicaragua: desde Nueva York hasta San Francisco o viceversa. El 27 de agosto de 1849 se firmó un contrato entre el gobierno nicaragüense y una compañía integrada por el magnate Cornelius Vanderbilt y otros para emprender un canal interoceánico. A otra compañía, derivada de la anterior y conocida por Accesory Transit Company, le correspondió monopolizar el tránsito de pasajeros utilizando el puerto de San Juan del Norte en el mar Caribe, el Río San Juan, el Gran Lago de Nicaragua, el Istmo de Rivas y el puerto de San Juan del Sur en el Pacífico. De 1851 a 1867 realizaron dicha travesía 56.812 pasajeros del Caribe al Pacífico y 50.803 al revés. En consecuencia, inspiró amenas páginas a pasajeros como Roger S. Baldwin, Jr., Charles Étienne Brasseur de Bourbourg, Harry Newmark y Mark Twain.
Testigos y estudiosos de la intrusión filibustera
Con la intrusión filibustera ––entre 1855 y 1857–– de William Walker, heraldo del Destino Manifiesto (o Manifiest Destiny), centenares de aventureros procedentes de los Estados Unidos intentaron audazmente apropiarse de Nicaragua. Algunos de ellos, comenzando por el propio Walker, escribieron sobre sus experiencias: Charles W. Doubleday, Horace Bell y James C. Jamison. Incluso la llamada Guerra de Nicaragua (The War in Nicaragua) motivó a Clinton H. Parkhurst, filibustero ficticio cuyo seudónimo era Clinton Rollins. Además, el walkerismo y su empresa aventurera sería cantada por Joaquín Miller y desarrollada académicamente por varios autores, por ejemplo, James Jeffrey Roche, William O. Scroggs, Albert Carr, último apologista de Walker, y Frederic Rosengarten Jr., autor de Freebooters must die! (¡Los filibusteros deben morir!).
Científicos
Entre los extranjeros con marcado carácter científico figuran naturalistas como Thomas Belt, seguidor de Darwin en Chontales; Mervyn Palmer, Charles Williams Beebe y Archie Carr; zoólogos como Carl Bovallius; arqueólogos como el mismo Bovallius y su predecesor Squier, Frederick Boyle, John Brandsford, Samuel Kirkland Lothrop y Wolfgang Haberland; investigadores de las lenguas de nuestros pueblos originarios: no solo Squier, sino Carl Herman Berendt, colector en 1874 del primer diccionario de nicaragüensismos; Daniel G. Brinton, editor en 1883 de El Güegüense y su pionero estudioso; Walter Lehmann, etnólogo que en 1920 editó en Berlín su monumental rescate de las lenguas originarias de la América Central; y Götz von Houwald, exdiplomático que realizó investigaciones sobre los mayangnas, etnia sobreviviente en el norte de Nicaragua (dentro de la reserva de biosfera Bosawás). Asimismo, geólogos como Carl von Seebach, Carl Sapper, padre de la vulcanología centroamericana, y T. Ifor Rees. Además, se incluyen autores de libros sobre Centroamérica en general: los citados Baily, Dunn y Squier, Dana G. Munro y Ralph Lee Woodward, Jr.
Funcionarios, colonizadores e historiadores políticos
Funcionarios, cónsules o enviados especiales de sus gobiernos, también figuran en esta obra. Enumeremos, por citar los principales, a Jacobo Haefkens, Peter Stout, John H. Wheeler, Joseph Laferriére, quien llamó pays magnifique a Nicaragua por sus riquezas naturales, W. W. Cumberland y Willar L. Beaulac, testigo del terremoto de Managua en 1931. Tampoco podían faltar colonizadores en la América Central: fueron los casos de Carl Friedrich Reichardt y Alexander von Büelov. Lo mismo puede afirmarse de los escritores, periodistas y académicos que analizaron o dieron su testimonio acerca del conflicto político de Nicaragua entre 1926 y 1932 que, en el terreno militar, se desarrolla en la Guerra Constitucionalista y desemboca en la gesta de Augusto César Sandino. A saber: Henry L. Stimson, Arnold Toynbee, Rafael de Nogales, Majken Borring, Carleton Beals, Ramón de Belausteguigoitia, único español que entrevistó a Sandino en 1933; Alfonso Alexander, [Leon] Lejeune Cummins, Gregorio Selser y Neil Macaulay.
Periodistas viajeros y autores de los años 80
A escritores y periodistas viajeros ––ávidos de relatar aspectos políticos–– hay que nombrar a John Saxon Childers, a quien Anastasio Somoza García le reveló haber ordenado la ejecución de Sandino; y a William Krehm, corresponsal del Times en cuya obra Democracia y tiranías en el Caribe, retrató magistralmente la Nicaragua de los años 40. Otros abarcan aspectos más amplios: Frank Vincent, Mario Appelius, Arthur Ruhl; y, en representación del proceso revolucionario de los años 80, cabe citar a Rafael Ávila, Bradford E. Burns, Teófilo Cabestrero y Giulio Girardi, teólogo de la liberación.
Religiosos consagrados a la educación
Educadores y religiosos ––algunos vinculados a las ciencias naturales––, no faltan en este repertorio: el salesiano Ángel Piccóno, el primero de su orden en visitar nuestro país; el presbiteriano Robert Dunlop, quien aseguró un disparate: que la catedral de León era de estilo gótico; los jesuitas Bernardo Portas, Jaime Castiello, Alejandro Garciadiego, Andrés Rongier, Bernardo Ponsol e Ignacio Astorqui; el franciscano Pacífico Abásalo, el secular Isidro Martínez Igea y el hermano La Salle Antonio Garnier.
Críticos y difusores de las letras nicaragüenses
Igualmente, reconocemos a relevantes críticos y difusores de las letras nicaragüenses: Stefan Baciú, Giuseppe Bellini, Franco Cerutti, Claire Pailler, Günther Schmigalle, Steven F. White y Amelia Mondragón. Pero hemos prescindido de los múltiples exégetas de la vida y obra de Rubén Darío como los chilenos Francisco Contreras, Julio Saavedra Molina y Raúl Silva Castro; los argentinos Alberto Ghiraldo, Arturo Marasso y Enrique Anderson Imbert; los estadounidenses E. K. Mapes, Boy G. Carter y Hensley C. Woodbridge; los españoles Andrés González Blanco, Antonio Oliver Belmás y Francisco Sánchez-Castañer, etcétera, etcétera. Un repertorio más vasto que la presente cabria elaborar.

