(Fragmento de la obra El Bienamado de Washington. JEA-Editor, 2019. 332 p., il)

Jorge Eduardo Arellano

COMO GOBERNANTE, Anastasio Somoza García hizo su última aparición pública el 14 de septiembre del 56, proclamado oficialmente Año José Dolores Estrada. El escenario y el motivo no podían ser mejores: la restaurada hacienda San Jacinto, donde se conmemorarían los cien años del célebre encuentro bélico. Tenía entonces Tacho sesenta años, ocho meses y catorce días de vida; y muy pronto concluiría su presencia terrenal.

Seis días después, a las ocho de la noche del jueves 20 de septiembre de 1956, la Gran Convención del Partido Liberal, reunida en el Teatro González de la ciudad de León, proclamó a Anastasio Somoza García candidato de su partido a la presidencia de la república, en abierto desafío a la opinión pública nacional.  Al día siguiente, a las once y cuarenta y cinco minutos de la noche, durante la fiesta que le ofrecían sus correligionarios en la Casa del Obrero, de la misma ciudad, Tacho fue “tirado” por Rigoberto López Pérez, joven poeta leonés de ideas liberales e hijo ilegítimo de Francisco Pérez y Soledad López, a quien habría escrito 17 días antes en San Salvador: “He decidido, aunque mis compañeros no querían aceptarlo, el tratar de ser yo el que inicie el principio del fin de esa tiranía”.

Acción planificada en San Salvador

Esta acción fue planificada desde la capital salvadoreña y la dirigieron tres militantes del PLI (Edwin Castro Rodríguez, Augusto Narváez y Cornelio Silva), aunque sin la aprobación o el conocimiento de la junta directiva de ese partido. Castro Rodríguez aceptó el compromiso, aunque no pudo llevar a cabo su parte: cortar la energía eléctrica de la Casa del Obrero y reventar bombas de mecate en sus alrededores, aprovechando el ambiente festivo, para neutralizar el ruido de las balas magnicidas.

Desde entonces, la ejecución de Somoza García fue considerada por sus enemigos un ajusticiamiento y una necesidad histórica; pero sus partidarios creyeron que Rigoberto había perpetrado un asesinato. Y no solo sus partidarios, sino muchos de sus opositores. Entre ellos se hallaba el sector aglutinado en el Frente Defensor de la República, al que pertenecían Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, Emilio Álvarez Montalván, Rafael Córdoba Rivas y Reynaldo Antonio Téfel. Pues bien, ellos se negaron a colaborar en el atentado, condenando la violencia y pronunciándose por la vía cívica para enfrentar el somocismo.

La acción de Rigoberto se ha visto como obra exclusiva suya. No fue así. Fundamentalmente actuó como instrumento de un complot de militares ex GN antisomocistas exiliados en El Salvador: Adolfo Alfaro Carnevalini (excapitán), Guillermo Marenco Lacayo (exteniente), Julio Alonso Leclaire, Guillermo Duarte, Noel Bermúdez, Raúl Jiménez Argüello y Noel Salvatierra, entre otros. Alfaro Carnevalini había decidido y declarado vengar a su hermano Agustín, otro oficial GN, muerto en la rebelión de abril del 54. Por eso también había entrenado a Rigoberto en su papel de ejecutor. Alfaro Carnevalini, pues, fue el autor intelectual del atentado, a pesar de que era yerno de una hermana de Somoza García (Amalia, casada con Juan José Rodríguez), madre de su esposa Laura Rodríguez Somoza.

Edwin Castro: actor clave

Otro actor clave, como se dijo, fue Edwin Castro Rodríguez (Londres, 1930-Managua, 1960), quien fue capturado muy pronto y recluido en prisión durante casi cuatro años: desde el 12 de octubre de 1956 hasta el 18 de mayo de 1960, cuando le aplicaron la “ley fuga”; durante este lapso, mantuvo correspondencia con sus familiares, con el periodista Ignacio Briones Torres y con Carlos Fonseca Amador: siete fueron las cartas que le dirigió desde La Aviación. Además, concibió y escribió su único poemario, pero el nuevo director de la GN, hijo menor y homónimo de Somoza García “odiaba con especial devoción a Edwin, a quien consideraba —después de Rigoberto— el principal responsable de la muerte de su padre —según Tomás Borge—, el sanguinario hijo de perra de los yanquis”.

Castro Rodríguez recibió a Rigoberto en su casa de León, recolectó dinero para sus gastos, le presentó a su amigo Ausberto Narváez y a una docena de miembros del PLI. Estos ayudaron económicamente y en otras formas para que Rigoberto llevase a cabo su cometido ––señala Jesús Miguel Blandón–– y agrega que Castro Rodríguez aspiraba reivindicar a su padre: el general Carlos Castro Wassmer, uno de los fundadores del PLI, perseguido y humillado por Somoza García. En cuanto a Rigoberto, estaba profundamente convencido de que, al inmolarse, “lograría la redención de su patria.

Muy lejos de ese ideal significó su acción: apenas “poner punto final a la prepotencia impune de Tacho”, de acuerdo con el doctor Arturo J. Cruz Porras y, sobre todo, contribuir a la prolongación de la dictadura somocista veintitrés años más, transformándola en dinástica. Otro aspecto de la misma es el desarrollado por el médico Ulises Huete Maltez al especificar que Rigoberto utilizó un revólver calibre 38, Smith & Wesson, cañón corto, gatillo escondido, de cinco cartuchos, número 74605.

“Si viene a León, regresa en cajón”

Por lo demás, el atentado mortal contra Somoza García ya estaba en el ambiente político de Nicaragua desde 1954; y la acción del 21 de septiembre de 1956 le fue advertida varias veces por distintos conductos (su hermana Amalia Somoza García, quien el 19 de septiembre le pidió de rodillas y llorando que no fuera a León; su jefe de seguridad, el gringo Richard Van Wincle y el radiograma de su homólogo en República Dominicana: Rafael Leónidas Trujillo). También lo reconoció en Madrid, a inicios de 1973, el diplomático y coronel GN Gastón Cajina, quien de joven se desempeñaba como miembro de la seguridad personal del jefe de estado. “El nicaragüense no es asesino” ––me dijo Cajina que le respondió el mandatario. Más aun: opositores leoneses a Tacho habían coreado antes de que este llegara a la metrópoli para proclamar, una vez más, su candidatura presidencial: “Si viene a León, regresa en cajón”.

Tacho actuó con manifiesto desdén ante estas advertencias. El coronel Camilo González, amigo íntimo suyo desde jóvenes, le rogó: “Yo iré en tu representación”, obteniendo del presidente esta respuesta: “Ve, Camilo, yo tengo que ir porque no hacerlo sería ofender a mis amigos los obreros”. Y continuó vistiéndose con su traje de casimir oscuro, camisa blanca y corbata de rombos rojos para ir a la fiesta de la Casa del Obrero. Había rehusado, además colocarse su acostumbrado chaleco antibalas.

Consecuencias inmediatas

A un fecundo y lúcido intelectual conservador se le debe el siguiente resumen de uno de los acontecimientos políticos más importantes del año 56 en el área centroamericana: el magnicidio ejecutado por Rigoberto López Pérez en la Casa del Obrero de León, segunda ciudad de Nicaragua y la de mayor raigambre liberal. Así, “pudo pensarse que había llegado a su fin el régimen dictatorial implantado por el Anastasio Somoza García como secuela del asesinato de Augusto César Sandino en 1934 y del derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Bautista Sacasa en 1936” ––puntualiza Julio Ycaza Tigerino. Y añade:

Por una parte, la acción de Rigoberto López Pérez fue un acto aislado sin vinculación con los partidos de oposición ni con ninguna clase de actividad política conspirativa para cambiar el régimen de Somoza. Y por otra: ya los hijos del dictador, Luis y Anastasio Somoza Debayle, se hallaban colocados en posiciones dominantes dentro del aparato político y militar del Estado y les fue fácil controlar la situación. Desde el primer momento las cabezas visibles del Partido Conservador, incluso su anciano Jefe el general Emiliano Chamorro, y con ellos miles de ciudadanos de alguna relevancia en las filas de la oposición, fueron encarcelados en todo el país, y el embajador yanqui Thomas E. Whelan se convirtió en el tutor y protector de los dos jóvenes herederos del Bienamado de Washington, en quien el Padre de la Casa Blanca había puesto todas sus complacencias […]

Solo las balas a Rigoberto López Pérez en la Casa del Obrero de León fueron capaces de truncar la campaña reeleccionista del general Somoza García. Pero, al mismo tiempo, sirvieron para llevar a Luis Somoza Debayle a la Presidencia como sucesor de su padre.

EL MAGNICIDIO DE SOMOZA GARCÍA HACE 70 AÑOS
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